Anoche vi

‘París, Texas': Senderos interminables

Por Marlowe - 12 mayo 2014  |

Paris Texas

¿Quién no imaginó en algún momento el rugir de un motor en perfecta conjunción con los carriles de una autopista eterna y desconcertante? Quizá lo único que nos falta a veces para alcanzar ese sentimiento de libertad que la carretera transmite de forma tan tentadora es un propósito que nos guíe en el camino. O tal vez es por esa ilusión secreta que aumenta con cada kilómetro atravesado que uno puede sentirse tan identificado con ese género cinematográfico que lleva el nombre de road movie: relatos que siempre se caracterizan por contar con la presencia de un héroe melancólico y solitario, alguien que conoce de sobra los golpes bajos de la vida y busca redención y esperanza a lo largo de un viaje introspectivo e inolvidable.

Paris Texas

Uno de los grandes maestros de ese género es, sin duda alguna, el director alemán Wim Wenders, quien entre 1974 y 1976 dio luz a una trilogía de road movies que definirían su estilo y que aun hoy son una gran influencia para los nuevos talentos cinematográficos. La trilogía estaba compuesta por las películas Alice in den Städten (Alice en las ciudades, 1974), Falsche Bewegung (Falso movimiento, 1975) y Im Lauf der Zeit (En el curso del tiempo, 1976); todas a cargo del mismo director de fotografía, Robby Müller, y la mayoría tenía lugar en el mismo escenario: la Alemania Occidental. La pieza central de la trilogía, Falsche Bewegung, estaba filmada a color y retrataba la historia de un joven aspirante a escritor que decide abandonar su pueblo natal para encontrar su verdadera voz literaria.

Las otras dos películas que completan la trilogía eran en blanco y negro y narraban las vicisitudes de un periodista que recorre los suburbios alemanes para ayudar a una niña a reencontrarse con su madre (Alice in den Städten) y dos hombres con conflictos emocionales que recorren la frontera alemana y visitan cines antiguos y desgastados que evocan la añoranza de días de gloria dichosos y muy lejanos (Im Lauf der Zeit). Lo que tenían en común las tres historias eran justamente personajes que se encontraban frente a frente con una encrucijada moral o sentimental y atados a los designios de una ruta arbitraria, a la oportunidad de encontrar el mejor camino para enmendar errores pasados y adentrarse más y más en una travesía que aliviase los dilemas existenciales.

Paris Texas

Unos años después, en 1984, Wenders llevaría a la pantalla grande la que quizá sea su obra más memorable: Paris, Texas. Era la historia de un hombre, Travis Henderson (Harry Dean Stanton), que aparece como un fantasma vagabundo en medio del desierto y decide retomar su lugar en la civilización para enmendar lazos familiares rotos hacía ya bastante tiempo. Una vez que Travis se reúne nuevamente con su hermano Walter (Dean Stockwell) y su hijo Hunter (Hunter Carson) empieza el viaje para reencontrarse con su esposa Jane (Nastassja Kinski), y cerrar el círculo de frustración y angustia que lo acechaba.

A toda esa trama, hay que sumarle la excelente puesta en escena -donde una vez más Robby Müller retoma su puesto como director de fotografía y plasma maravillosamente el vacío emocional que persigue a Travis a través de los paisajes desérticos y adustos que conviven en perfecta armonía con la vastedad interminable de los cielos texanos-, y los arreglos musicales a cargo de Ry Cooder, donde una simple guitarra acústica es capaz de profesar, de forma sincera y precisa, el desarraigo y los sueños perdidos, y hacer resonar la súbita esperanza que genera la reconstrucción del vínculo familiar en la vida de todo ser humano. Este es evidentemente el viaje de Travis para encontrar la forma de rectificar errores pasados, pero es también el viaje de padre e hijo, una odisea donde por momentos los roles se intercambian de forma sorprendente y donde cada uno encuentra la forma de aprender algo del otro, de aportar perspectivas sutiles e inesperadas, de recuperar poco a poco esa sensación de felicidad que es, a la vez, tan frágil y necesaria.

Paris Texas

Además, hay que destacar sin duda la actuación de Harry Dean Stanton, quien pasa por una transformación increíble a medida que avanza el relato y franquea solemnemente la incertidumbre del desierto y la ubicuidad del fracaso para volcar todas sus expectativas al ritmo de un diálogo intenso y compenetrante.

«¿Cuánto tardaría alguien en llegar a Houston si viajara a la velocidad de la luz?», le pregunta Travis a su hijo mientras el viento en la carretera vuela fugaz y certero hacia ninguna parte. «Unos tres segundos», responde Hunter. Qué bueno, por un lado, que esa ley no aplique al recorrido que ofrece esta joya cinematográfica, pero qué pena que ese viaje memorable que uno emprende junto a estos personajes tenga que terminar, aunque ese final no sea algo definitivo, aunque uno sepa que, a pesar de todo, la ruta seguirá ahí cuando caiga el telón, fiel a los sueños e ilusiones de los que persiguen un destino incierto al compás de un motor nostálgico e inexorable.


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